EL ARTE DE LA VERDAD

"En ese lugar donde los sentimientos se pierden como en un laberinto sin Minotauros ni Ariadnas, donde uno se encuentra escondido para siempre en los cuerpos enbalsamados de las letras, yo me detengo para que leyendo descubras el secreto de la verdad"

viernes, 5 de marzo de 2010

La labor de la Autoestima.



La otra Metamorfosis
El amanecer se adentraba con su paso agitado y presuroso por los resquicios de las ventanas de su habitación. Siro, apenas asomó su cabeza por sobre el acolchado. Miró con detenimiento estúpido, la hora del reloj que acompañaba sus sueños. Al cabo breve de reflexiones divagadas, descubrió que eran las 7:15 hs am. Debía apresurarse para entrar al colegio antes de que el patovica del preceptor trancase la entrada. Si por él fuere, tomaría su acolchado y se cubriría hasta la cabeza. Dormiría hasta la mañana próxima.
Desparramó las colchas hacia los costados, y tomó sus ropas vistiéndose con la paciencia de un soberano.
Le esperaba, llegar al colegio de su pesar. Los compañeros que se burlaban de sus orejas grandes. Las niñas que admiraba, acompañaban las risas despiadadas, ya no quería volver nunca más. No obstante, luego de vestirse, tomó cada uno de sus útiles y partió rumbo del colegio, desganado, desinflado, con la lentitud de un hombre que carga su cruz y la de varios comedidos que abandonan sus responsabilidades.
Entró como de costumbre. Caminó unos pasos entre los bancos roídos y desbaratados, mirando uno a uno, cada uno de ellos. Estaba entero, ahora tenía la certeza, que él sería ave, vuelo e imaginábase entre cisnes y cóndores. Miró a su maestra, que ante el primer tropezón comenzó a mirarle como diciéndole, “Burro”. Y él decía:- ¡no, no! ¡Yo soy alguien bueno, capaz!
Llegó desilusionado a su casa. Mamá esperaba mucho más de él. Ella Ya tenía, su vida resuelta. Sería un doctor prestigioso. Alguien que todos apreciarían. Una persona ilustre en la comunidad.
Pero, se acercó a ella con el temor de un pichoncito en medio de una tempestad que le es totalmente ajena. Observó cada uno de los detalles de su evaluación. Era totalmente cierto y real, su nota lo decía a viva voz. Era un “asno” su categoría de humano, se encontraba lejos, tenía un dos en matemáticas, estaba a cuatro dimensiones de lo necesario. Sus padres se lo habían advertido. “Si no apruebas Matemáticas, te encerraremos en un corral”
Él recordaba lo que su abuela le había dicho antes de morir: “Mi pichoncito”, estaba convencido, él era un ave preciosa que podía volar con la facilidad de una pluma al viento. Si se le presentaba la oportunidad adecuada. Esta vez su seguridad se había derrumbado como un castillo de naipes ante un tifón. Ahora no entendía si era pichón o asno. La duda entorpecía todos sus emprendimientos.
Su madre tomó el examen. Luego descubrió que Marisela, cuyos padres son vecinos rivales desde toda la vida vecinal, logró sacar un ocho en Matemáticas.
Fue hacia el joven. Lo increpó. Hizo de su dignidad la ignominia más desaforada, cobarde y egoísta. Lo maldijo una y otra vez, diciéndole que era un “Asno”. “eres un Asno, bueno para nada”.
El amanecer se adentraba con su paso agitado y presuroso. Él, apenas podía ver caer la luz desde el cielo, con el ímpetu de una hidalguía superior a lo banal y lo despreciable.
El despertador sonaba con la insistencia de un marcapasos eternamente programado. Sin más, decidió correr la colcha como de costumbre. Tenía dificultad para hacerlo, puesto que no podía asirla. Intentó una y otra vez, sin éxito alguno.
Asustado, decidió llamar a su hermano. Lo intentó una y otra vez. Y cuando escuchó lo que intentaba decir, descubrió que su grito era un rebuzne. Lo intentó, luego con más fuerzas. Pero otra vez el rebuzne sonó en el llano como un estertor. Miró su cuerpo. Un pelaje grisáceo lo cubría todo. Buscó sus alas de pichón donde sólo encontró unas pezuñas filosas y enormes patas.
Un espejo, le gritó. Él aceptó la sentencia.