Aquel Chamical.
Amo tus siestas de silencio empedernido,
La gracia del Rundún en el patio,
Y el crepúsculo recostado
sobre el lomo de los cerros,
anunciando la hora de una escena,
del cielo limpio y su capricho de estrellas
del amor entre el canto de la chicharra,
y el golpecito cálido de tu briza
el vestido verde de tus calles,
el remolino lisonjero y desolado
que pasó dejando su rastro
en las manos melosas al pie de un naranjal
las lágrimas dulces de tus mistoles de antaño,
regando la tierra, de sombra y de sueño
en las tardes de lanchera, de trompos o cometas.
El abrazo torpe del sol y su sequía,
Al manantial de un grifo escaso y público,
Donde bañábamos nuestra miseria de niños.
La ceremonia pueblerina de tus tormentas,
La lluvia cantando milagros en los techos,
Nuestro Fulgor de gloria
Quien ha nacido de tus entrañas,
Quien te ha amado como te amo,
Conoce mi canto y mi pena,
¡Chamical de antaño!
La polvareda y el zonda
Se levantan tras los pasos
De tu pueblo y su congoja
Dejando estelas
Por las calles embrujadas
de azahar y de esperanza.