Alfredo miró la puerta y dio un suspiro atronador guareciendo el oxigeno con la exigüidad de sus fosas nasales. Cargó la mochila, o la mochila lo cargó a él, mas su cuerpo escuálido y salió de su casa.
El barrio estaba más oscuro que de costumbre; no era la noche, no obstante la oscuridad tomó por completo la villa veintiuno.
Seguido, un silencio extraño invadía los rincones vacios; miró a su alrededor, no vio a nadie. Siguió, no comprendía bien su temor y de pronto, una sombra se acercó a él con premura; un montón de pelos al viento desparramados, el rostro tatuado. Un hippie blanco y negro se acercaba con su afán atemporal. Un incendio de yerbas lo envolvió en un aroma repulsivo, montado en un hedor de cuerpo abandonado.
El hippie le ofreció “porros”:-¡Quince pesos, cada uno, son buenos…!- le dijo.
Alfredo no se sorprendió, solo que a la edad de él, la memoria tiene repercusión. Recordó que se encontraba en su barrio y ciertos códigos no se iban a quebrar, solo debía encontrar las palabras justas para sacarse de encima al sujeto. También recordaba, lo que la escuela y la televisión le enseñaron “La droga mata, la droga mata”. Entonces aplaudió a una sociedad tan preocupada por erradicar el asesinato y la muerte fácil y además que lo enseñaran; era muy sencillo, si se presentaba la oportunidad de alguna manera diría que no y se salvaría de ella: Y se repetía una y otra vez “La droga mata, la droga mata”.
- Mirá hermano, ahora no puedo, estoy apurado, en otro momento.- Dijo Alfredo con una sonrisa cómplice.
- Ok, hermano, por aquí voy a andar-
Contento, Alfredo, con una decisión tan acertada de su parte, siguió rumbo. Cavilaba conforme de vivir en una época tan manejable.
Su alegría agolpó de pronto las fotos más diáfanas de su vida, su madre, los abrazos, la amistad, el odio, la envidia, el amor, el placer, el llanto, la risa, los hermanos, la primera mujer de sus cartas de amor, el golazo en el patio de la escuela donde imitó a su héroe, sus fracasos, sus dos victorias, el soldadito de plástico en la tumba de su difunta abuela.
Sintió como el cuerpo, se le adormecía de a poco, calambres hipotérmicos; llevó su mano a la frente, toco un sudor cálido y poco común; el rojo purpura le corría desde el orificio donde entró la bala perdida hasta sus labios.
Dio unos pasos más y se desplomó sobre la vereda de un cementerio de pobres.
